Centro Wanamey

                                 

                                 Una reflexión sobre la naturaleza y la cultura frente al desarrollo

                   HÖLDERLIN Y LOS U’WA:

William Ospina

Tras el sueño de la canela

Hace 462 años, Gonzalo Pizarro invirtió la riqueza obtenida con el saqueo del Cuzco en armar una expedición desmesurada y delirante que se proponía hallar el país de la canela. Nativos de las montañas le anunciaron que más allá de los montes nevados de Quito, yendo hacia el Este, había un extenso país de caneleros, y como en aquellos tiempos la canela era tan codiciada como el oro, Pizarro no vaciló en perseguir esa comarca riquísima. 240 españoles—cien a caballo, ciento cuarenta a pie—, cuatro mil indios, dos mil llamas cargadas de armas y herramientas, dos mil perros de presa y dos mil cerdos remontaron el costado seco de la sierra, orillando los montes nevados —donde muchos indios hallaron la muerte—, y alcanzaron la otra vertiente de la cordillera, donde la vegetación es exhuberante y los arroyos y torrentes conjuntan sus aguas en ríos cada vez más anchos, que muchos días más abajo se convierten en el infi nito Amazonas. Llegados por fi n a la región de la que habían hablado los indios, allí encontraron los ejemplares de canela que éstos habían mencionado, y que en verdad utilizaban para aromatizar sus bebidas, pero descubrieron que era una variedad de canela americana muy distinta de la lujosa corteza oriental, y tan dispersa en los bosques de la región que no tenía ninguna aplicación comercial posible. En aquella época, los aventureros ansiaban hallar en el equinoccio, como en Europa, bosques de una sola especie, pero muchas personas ignoran, aun cinco siglos después, que en esas regiones la fecundidad de la tierra es inseparable de su diversidad: en cada metro cuadrado hay muchas especies distintas, y todo cultivo extensivo agota la tierra en poco tiempo. La expedición había resultado un fracaso, y la locura criminal de Pizarro, al ver perdida su inversión, hizo que entregara la mitad de los indios a la voracidad de los perros, y que a muchos delos que quedaban los quemara vivos junto a los falsos caneleros con que se topó. Hoy sabemos que la selva amazónica es el mayor tesoro del planeta, pero aquellos hombres sólo iban buscando entonces pequeños tesoros, que pudieran ser rápidamente apropiados y explotados. Por eso, aunque una de las consecuencias de esa expedición de 1542 fue, para los europeos, el descubrimiento del río Amazonas, lo que a todos les quedó de aquel viaje fue el inconfundible sabor del fracaso.

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